Qué asco de pureza.

Seguro que alguien se ha posado en tus ramas y ha comido de tus frutos, mientras el dolor contemplaba extrañado vuestra felicidad; “qué raro puede llegar a ser ese sentimiento, qué extraño y diferente, que se permiten conformarse con unos instantes de grandeza para luego desordenarse, separarse y esperando volver a fingir olvidarse.
Yo te estoy Esperando. Pensando en ese día en el que de verdad quieras saber de mí; preguntar cómo estás o dar señales de que tu vida puede estar en la mía. Pero sé que tus instintos son para cualquiera que te diga cualquier cosa que no te desarme; esas personas que nunca te harán sentir especial.
También sé que es una responsabilidad enorme saber quererte; cómo y dónde no estar contigo, para que algún día quieras decirme te quiero. Y que no tengamos miedo, porque lo único que puedo prometerte es que tengo miles de razones para seguir esperándote…
Voy a hacer como si no te conociera de nada, porque tú no sabes quién soy y eso es jugar con ventaja; al menos, no cómo soy.
Y voy a mirarte en tu mundo desde lejos, cuando crees que nadie te ve.
Voy a demostrarte que algo que se pueda llamar nuestro, puede ser absurdo, pero de eso se trata; que no tenga sentido.
Voy a ver qué rápido te enamoras de mí clavícula y sabrás que tirarte desde ahí, hacía a mí, siempre nos merecerá la pena…
Ahora, pon de tu parte. Mírame y observa dónde estoy, para hacer esto de encontrarnos, algo más real. Más que palabras.

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Cuento a los desastres

Voy a contarte, cuando la espera se hace a la hora exacta, en la que quieres volver a empezar ese último minuto con la persona que rompía la rutina de tristeza con su presencia.
Contarte, que cualquier cosa es posible, porque Ella me lo dijo. Y te esfuerzas en que tu vida de como suma el resultado de sus ilusiones.
Te voy a decir, que ahora miro las mañanas a través de esas ventanas que eran para mí sus ojos, y mirar atrás ya no me asusta ni me hace triste.
Quizás ya conozcas lo salvaje de perderte cuando pierdes a alguien; el mono del dolor y la droga en echar de menos.
Hoy puedo contar con ojos limpios que el día que se marchó, fue el más triste de mis años. Y ese día, en el que a Ella no pudieron salvarle la vida, yo dije “Vas a salvarme todos los días , y yo a cuidarte cada uno de los míos”.

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“Y AL FINAL NADA, ¿NO ES MARAVILLOSO?”

Fin a:
Dejar herencias en objetos, y no en historias que cumplen sus propósitos.
Dañar mi cuerpo, para no notar que desaparece; que desaparezco por el deseo de revivir ese algo, en otro alguien.
Soportar mi propia mirada, por fingir ser alguien más insoportable, de lo que soy; al dramatismo se le ama más.
Ponerme de pie, para que sordos de mente y de corazón muerto, miren, vean y sólo sigan deseando lo que por fuera es inerte y se extingue con el tiempo.
Tener miedo en diluirme en una conversación contigo, enamorarme, y no ser enamorada.
Preguntarme sí será posible; Tú y Yo, haremos improbables.
Amontonar más cáscaras por no hacerme daño; fin a seguir creando las mismas máscaras de distintos cadáveres.
Imaginarme que soy imprescindible para alguien; sólo prescindo de mí misma, libertad en todo sentido.
Quitar respeto para otorgárnoslo; alimentarnos de otros para creer olvidar que nunca hemos sido segundo plato de nadie.
Fin.
Fin a darme la razón cuando no la tengo. A sentirme culpable por no dar más detalles de mi vida, a quién sólo quiere acercarse; ya no lo siento.
Fin. Fin. Fin. Y FIN, a no sumarme la primera, por dar por hecho, que el resultado de las partes es lo complicado.

Fin a todo, y BIENVENIDA A MÍ.

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Some strange

Era el costumbrismo de felicidad; siempre teníamos dieciocho cuando llegaba enero, cuando salíamos de cada habitación cogidos de la mano.
Nos alojábamos en las teclas de su máquina de escribir: vieja, humilde y siempre con alguna montaña que subir.
Las calles las dominaba nuestra ansia de dejar marcarnos en cada fachada; “pasáremos por aquí y recordaremos; nadie nos hará olvidarnos nunca”.
Por las noches nos vestíamos de maniquíes, y la luna se encargaba de cerrarnos todas las cortinas que otros se dejaban abiertas.
Le conté que de pequeña me sentaba en sillas de madera a disimular el amor en las astillas, y que dudaba de la posibilidad de cambiarme de sitio para no hacerme daño; “no quiero sentirte si no es así, clavándote. Hazme sufrir, porque a tu sonrisa, jamás responderé”.
En la víspera de su alegría… En todas las expresiones de su barbilla henchida del costumbrismo de felicidad, me fui. Sin dejar daños, sin poder mostrarle ningún rastro de mí.

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Definitiva.

Definitiva, como el pescador que sale a la pesca de un mar, y ser yo, las escamas de mi mundo.
Soñar cada vida con el hombre que encaja a la perfección en mis caderas; el coral de un mar muerto.
Expulsar de mí todos los accidentes que han intentado ser auxilio; hacer mis propias figuras con la realidad de mis límites.
Conmover de rabia a mi propio corazón para otorgarle el único abrazo maternal que daré un mi vida.
Que los arañazos de las corrientes empujen con más fuerza el coraje del salmón, y salpicar a la propia lluvia para masticar el oleaje de la locura.
Pero el milagro sería, que comieras de mi sangre, y pudieras beberte en todo mi cuerpo.

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No. No exactamente

No. No exactamente.
Él tensa el equilibrio que tú me prestas; hace de levantarse, la metáfora de mi abismo.
Él prepara un camastro de huesos de aire con el alma que tú crees oír en mí, cada vez que tocas mi carne.
Él pone hilos en mi oscuridad; se amarra a ella para no perderse, y rescata de mí, la claridad que alguna vez, tú, dejaste.
Él hace crecer juncos de mis lagrimas; las que lloré de miedo por ese sótano apagado de tus ojos.
Él no descuida mis hangares, en este perpetuo invierno, que tú hiciste con tus sintonías; sucia música que aún hoy me invade todo.
Él no quiere de mí, el ovillo menguante que tú creaste… Me retiene en sus ojos concéntricos y voy abriéndome en cada parpadeo, aunque ya nadie mire.
Él nunca emerge para rescatarme de quién soy; de lo que tú no querías que fuera. Él, en cambio, quiere ser presa de cada destello libre de mi locura.

Y no, No exactamente es lo que tú te piensas.

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Quisó llamarle Gabriela.

Nace con el objetivo de encontrar el orden cuando el cuerpo se descompone en sujeto, verbo y predicado.
No precisa de definición; quiere contar su historia sin llegar a descubrirse, sin atreverse a herir su cuerpo.
Se pide en la insoportable mirada de alguien; la movilidad del deseo depende del corazón que lo revive.
En su cabeza hay una especie de sonido absorbente e insoportable: “Para morir, antes tienes que vivir un rato”.
Mira en su propia conciencia; eso que debería ser el espacio funcional que va mejorando a medida que vas entendiendo, que nunca podrás llegar a pronunciarte en todo.
Pero se mueve con la esperanza de quien sabe, que puede resucitar, a todos sus muertos.

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